El paisaje sublime como arquetipo de la imaginación romántica: Friedrich y Turner

Este libro es un fascinante estudio del paisaje sublime desde una perspectiva filosófica y psicológica, y como influyó en los cuadros de C. D. Friedrich y J. M. W. Turner. El autor demuestra que el símbolo en el paisaje romántico se manifiesta a través de lo sublime dotándolo de trascendencia, de angustia y terror, de ambivalencia y espiritualidad. La relación entre lo sublime, lo bello y lo siniestro ha sido empleada para introducir el aspecto psicológico en la vivencia de lo sublime, mientras que la relación con lo numinoso ha servido para explicar la relación de lo sublime con la psicología de C. G. Jung.


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El paisaje sublime como

arquetipo de la imaginación romántica:

C. D. Friedrich y J. M. W. Turner

Autor: Antoni Amaro

Editorial José J. de Olañeta


El Romanticismo propone que el acto creador y el goce estético lleven a una experiencia sensible, que abra vías para acceder al contenido sagrado de las imágenes. Cuando una obra de arte cumple su función, despierta su secreto en el interior del hombre, por lo tanto, la intersección entre el símbolo y el arte es fundamental. El arte necesita de la trascendencia de los símbolos para enlazar sus contenidos dispares, también los símbolos necesitan del arte para vivificar en su experiencia. Trascendencia y experiencia son dos facetas complementarias del espíritu humano, y bajo esta unidad han venido desarrollándose en el devenir de las civilizaciones.

Este ensayo quiere profundizar en el estudio de lo sublime y cómo esto influyó en los pintores románticos C. D. Friedrich (1774-1840) y J. M. William Turner (1775-1851). Quiere demostrar como el símbolo está detrás del paisaje romántico a través de lo sublime dotándolo de trascendencia, de ambivalencia y espiritualidad. En el Romanticismo se manifestaba psicológicamente, a través del paisaje, un estado del alma, en que la vida del alma se fusiona con la vida de la naturaleza, y ya no es posible separarlas. Los elementos del paisaje son evocados simbólicamente, y en los que, el pintor proyecta o refleja su interioridad, su alma: el paisaje se convierte así, por tanto, en un símbolo. Ya no importa la descripción de los objetos en sí, sino el afecto, la sensación que produce, su relación con la subjetividad. Más aún: ya no son paisajes exteriores, sino entidades psíquicas y espirituales del sujeto y de la sociedad.

 

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