La Astrología parte, como todas las Ciencias Tradicionales, del punto de vista del Hombre. No conoce más que al Hombre en medio del Cosmos. Así pues, todo saber tradicional es en primer lugar el saber del Hombre y condiciona todo saber a la unidad del Hombre. Todos los principios de esta ciencia se pueden resumir en las palabras que fueron inscritas en el frontón del templo de Delfos: “Conócete a ti mismo y conocerás el Universo y los Dioses.”La Astrología es en realidad una ciencia de la Naturaleza. Es la ciencia de la naturaleza humana, y la Naturaleza sólo puede existir por la unión del Cielo y de la Tierra Entonces, podríamos preguntarnos: ¿existe un Arte, un Arte del Cielo que se transmita y que nos permita, como han afirmado los Antiguos, impulsar, llevar la naturaleza humana a un estado de perfección más allá del cual no haya progreso posible? Es lo que los Antiguos nos han enseñado cuando hablan de la palingenesia: el Re-nacimiento.También nos han hablado de la divinización del Hombre, de convertir al Hombre en un Dios.
Observemos que los judíos también nos han dejado una Tradición Astrológica; los judíos descendientes de Abraham, un caldeo que transmitió a sus hijos la Astrología Caldea. Por eso cuando leemos los comentarios bíblicos hebreos, por ejemplo en el Talmud, encontramos muchos comentarios de versículos de la Escritura en los que se habla de Astrología.
La Astrología en Occidente aparece desde el Pensamiento griego. Cleostrato, que vivió en Tenedos en el siglo VII a. C., nos ha dejado un Tratado de Astrología donde nos da el significado de diferentes signos del Zodíaco.
En el siglo VI a. C., Heráclito de Efeso, ciudad griega del Asia Menor, escribió un pequeño libro de Filosofía que confió a los sacerdotes. De dicho libro no ha quedado más que unos fragmentos. Dos de esos fragmentos tratan de la Ciencia del Cielo; en el primero, Heráclito se refiere a lo que llama el “Gran Año”, que consiste en cierta medida de tiempo. Para nosotros, que estamos en la Tierra, el tiempo se mide evidentemente por la salida y la puesta del sol, pero para un observador que se encontrase por encima de la Luna o en el nivel de la Luna, ¿cómo contar el tiempo? El “Gran Año” es precisamente el espacio de tiempo que separa un cierto estado del cielo, en el que cada planeta está en tal o cual signo, del estado siguiente, que será exactamente igual.
Una de las consecuencias de esta doctrina es que si el año se divide en cuatro estaciones, también el Eón se divide en cuatro edades subsidiarias, aunque de duración diferente, a las que se ha denominado Edad de Oro, Edad de Plata, Edad de Cobre y Edad de Hierro. La Edad de Oro es como la primavera de la Humanidad, el periodo más bello y largo, al cual suceden los otros tres hasta que, al final de un cierto lapso de tiempo muy prolongado, recomienza y vuelve a florecer.
Los Pitagóricos nos han dejado Tratados completos de Cosmología, de los siglos V y IV a. C. En el Timeo, un tratado muy conocido que debe su nombre al de un célebre pitagórico, Platón nos ha dejado una Cosmología completa, en la que adjudicó muchos planos al Universo: Había las Esferas de los Planetas, en la que cada Planeta estaba sujeto a una Esfera y cada una de las Esferas giraba alrededor del Zodiaco, en el sentido del Sol, desde la Esfera de la Luna hasta la de Saturno. Por encima de la esfera de Saturno se encontraba la de las Estrellas Fijas, que giraba en sentido inverso y con extrema lentitud. Finalmente, por encima de la Esfera de las Estrellas Fijas se hallaba la Eternidad, donde ya no había movimiento y donde se encontraban las Ideas Eternas (los Arquetipos). El espacio que separaba la Tierra de la Luna era el lugar del Tiempo, un Caos que sólo engendraba seres demasiado débiles para perpetuar su ser, y que estaba sometido a la acción de los Mundos Superiores; se decía que era el lugar de la generación y de la corrupción, mientras que por encima de la Luna, los Astros se bañaban en el Éter Divino.El Éter era un aire extremadamente sutil, mezclado con Fuego, y era Divino: para los griegos era el mismo Dios. Este Éter estaba animado continuamente por un movimiento circular y era inteligente. El Éter -que es el alma del mundo, lo que los hombres llaman Dios- mantenía continuamente las Esferas en su movimiento circular. De ahí viene la palabra ‘Universo’, del latín Universus, (que gira siempre en el mismo sentido). Para Platón el Éter era el mismo Dios, e incluso relacionó las palabras de ‘Éter’, aither y ‘Dios’, theos.
El comentario de Virgilio, quien celebra en su II Geórgica (Pág. 325) la venida de la Primavera: “Entonces, el Padre omnipotente, el Éter [así, el éter es Dios Padre] desciende por medio de lluvias fecundantes al seno gozoso de su esposa, la Tierra, y unido en este potente abrazo a su gran cuerpo, vivifica todo embrión.”
Este Éter está animado sobre todo por la necesidad y el deseo de corporificarse. Cuando encuentra un cuerpo muy puro, que de alguna manera es de su naturaleza, se une a él y produce la Luz. Es lo que sucedió, dicen los Antiguos, con los Astros, que son Dioses, hijos del Éter, que los inflamó y los volvió luminosos.
El Éter también desciende a este mundo, pero mezclándose a lo que Aristóteles llamó el flogisto, es decir, las impurezas. Aquí abajo el aire es impuro, está flogisticado: es lo que provoca los truenos y relámpagos. El éter se mezcla con ese aire flogisticado y es inspirado por los hombres al nacer, en el momento de la primera inspiración del niño. Es lo que provoca el Horóscopo, para ello el movimiento circular celeste se encuentra dentro del hombre. Ahí está el Destino del Hombre, marcado por el movimiento circular, con la Psique, su Espíritu, que viene del Cielo y es, por lo tanto, aéreo.
La Mitología también alude a este Saber extraordinario, en particular en el mito de Prometeo, quien precisamente había robado el Fuego del Cielo, el Éter radiante. En el Prometeo encadenado (248-254) drama de Esquilo, hay una escena en la que Prometeo, víctima de la venganza de los Dioses, clavado en la roca afirma:
“El Corifeo: ¿Qué remedio has descubierto pues a este mal?
Prometeo: ¡Sí! He liberado a los hombres de la obsesión de la muerte.
Prometeo: He instalado en ellos las esperanzas ciegas.
El Corifeo: ¡Poderoso consuelo, el que en este día has traído a los mortales!
Prometeo: ¡Aún he hecho más! ¡Les he obsequiado con el Fuego!
El Corifeo: ¡Cómo! ¿El Fuego llameante está hoy entre las manos de los efímeros?
Prometeo: ¡Sí! Y de él aprenderán artes sin número.”
He aquí, pues, como Prometeo, el gran bienhechor de la humanidad, fundador de las iniciaciones que transforman, ha liberado a los hombres de la obsesión de la muerte.
Los antiguos griegos ya buscaban el Conocimiento en el Cielo y en los Astros. Y puede decirse que cuando se ha encontrado el Conocimiento (la Consciencia) , es decir, el Fuego del Cielo corporificado, se ha encontrado aquello que puede llevarnos a la práctica de esas “artes sin número”, pues una vez el Hombre ha sido regenerado espiritualmente, aún debe serlo corporalmente, ya que es Cuerpo y Espíritu.
La Astrología se presenta como una Ciencia de la Naturaleza humana y se sitúa en relación con las otras Ciencias Tradicionales que permiten precisamente mejorar esta naturaleza y llevarla al conocimiento del Macrocosmos (el Universo) y por tanto de llevarnos al Conocimiento de nosotros mismos (el Microcosmos).
Bibliografía
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Aristóteles, (1982) Metafísica. Madrid: Editorial Gredos
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Esquilo, (1982) Tragedias (Prometeo encadenado). Madrid: Editorial Gredos
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Platón, (1982) Diálogos de Platón VI (Timeo). Madrid: Editorial Gredos
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Virgilio, (1990) Bucólicas, Geórgicas, apéndice Virgiliano. Madrid: Editorial Gredos



